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Poseer los poderes que el régimen presidencial colombiano entrega al primer mandatario; tener la manera de manejar las fuerzas de avance y de choque que un presidente tiene; establecer en el país la posibilidad de que no ya el presidente sino sus funcionarios inmediatos puedan formar dentro del Estado, con perspectivas hacia su beneficio político y propio, un sistema que permita mañana traer de nuevo al poder al mismo hombre que ya lo ejerció, para seguir gozando de los beneficios antes gozados, es problema grave que puede desquiciar los fines ideológicos para reemplazarlos por el continuismo concupiscente, con grave mengua de las bases esenciales de la democracia. [5]

¡Hay que destruir esas concepciones idolátricas que hacen creer que unos cuantos hombres privilegiados hacen su voluntad a despecho de las masas y de la historia y le dan el triunfo a las revoluciones y a los partidos! La obra del partido liberal jamás podrá explicarse, vindicarse, si no tomamos sus antecedentes, si no rastreamos las antiguas normas y llegar después a regímenes como el de Olaya Herrera, sin menospreciar los subsiguientes como el de Eduardo Santos, porque los partidos que dan a sus gobiernos un sentido simplemente personalista son caudillistas, pero jamás serán los intérpretes de la democracia. (Senado de la República, 1941).

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