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Se volvió a poner de moda el tema de la corrupción. Y como con tantas cosas en el país, mucho nos tememos que no pasará de ser una moda más. Ya se han hecho pomposos anuncios de parte del gobierno nacional, y se ha creado otra comisión para hacer recomendaciones. Otra más, como si no hubieran pasado numerosas comisiones. Para colmo, existe disque un zar anticorrupción, que nunca ve nada, que nunca sabe nada, y que viene a hablar cuando ya están los hechos cumplidos, cuando el dinero ya se lo han robado, cuando ya no se puede recuperar, o peor, no existe voluntad para hacerlo. 

La Contraloría General, a quien correspondería lanzar alertas tempranas para que no se cometan los desmanes, tampoco cumple su papel. Y no hablemos de las Contralorías Departamentales y Municipales, en donde no solo no se detectan los problemas, sino que al contrario, patrocinan, colaboran y encubren los atentados contra el patrimonio público. 

Porque en este tema de la corrupción, el asunto de los sobornos es apenas la punta del iceberg, lo que se ve. Lo verdaderamente corrupto es el sistema político que nos rige, el que permite que personajillos de nula moral prosperen, y que sus negociados no sean investigados y mucho menos castigados, y cuando lo son, las penas son tan irrisorias que dan vergüenza. 

La corrupción no se queda sólo en el tema de los sobornos. ¿Cómo puede explicarse que se inviertan diez mil millones de pesos en las campañas para lograr un escaño en el Senado de la República? Esas cifras fabulosas para nuestro medio, solo son posibles si quienes las invierten están dispuestos a recuperarlas con creces, que es lo que sucede. 

Alcaldías de quinta y sexta categoría, con presupuestos exiguos, donde también se invierten millonarias cantidades que interés pueden tener, a no ser el de esquilmar los escasos recursos, y comprometer no solo los presupuestos de los años en los que gobiernan los corruptos, sino los de los años venideros. 

Funcionarios que no tienen sentido del servicio público, y que, por el contrario, llegan a los cargos para defender sus propios intereses y los de los gremios que representan, sin el más mínimo decoro, y sin que a nadie parezca interesarle. 

Los altos cargos del Estado, y de ahí para abajo, son una verdadera piñata para todos los partidos políticos, nombrando personas que no tienen  preparación para ejercerlos, y que a menudo pasan de un alto cargo a otro totalmente diferente, sin sonrojarse ni despelucarse, porque al fin y al cabo el conocimiento no es necesario para enfrentar los retos que les deberían imponer los cargos. 

Decisiones que se toman en contra del interés de la mayoría de la población, mientras los grandes conglomerados económicos son protegidos y tienen sus ganancias aseguradas. Piénsese si no en la última reforma tributaria, donde el IVA del 19 por ciento se impuso a una cantidad importante de bienes y servicios, sin que el clamor popular para que no se hiciera se tuviera en cuenta. 

De manera pues que estamos ante un sistema que hace agua por todos lados, con un una voracidad insaciable de los corruptos de todo pelo que solo piensan en su enriquecimiento personal y de los suyos. 

¿Cómo puede una democracia de papel como la nuestra lograr el afianzamiento de la paz y la reconciliación nacional? 

Hemos insistido en que los cambios que el país necesita no pueden ser cosméticos. Se requieren reformas estructurales, para que no solo se protejan los recursos que son de todos, sino que se pague la inmensa deuda social que se tiene con las comunidades más necesitadas, invirtiendo los escasos recursos de manera limpia, y con programas de verdadero impacto social. 

Cuando los analistas se preguntan el porqué de la persistencia del conflicto armado en Colombia, olvidan mencionar que unas verdaderas mafias se han apoderado de toda la contratación pública y de las decisiones que debe tomar el Estado, en detrimento de los intereses de las mayorías. Esa es nuestra triste realidad. 

 

Equipo Político AGC

25 de enero de 2017 

 

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